EL ATEO
En la antiguedad vivió un sabio que era muy famoso porque era ateo. En cierta ocasion, viajando por el país, llegó el sabio a un pueblito y se hospedó en una posada para descansar del largo camino.
Cuantan que un joven, que se consideraba a sí mismo ateo, al enterarse de la noticia de la presencia del gran sabio, corrio a la posada para presentarse ante tan venerable señor. Al llegar al lugar preguntó por el sabio y éste salió a recibirlo.
- Hola, muchacho, ¿en qué puedo serte útil? - preguntó el anciano.
- He venido a verlo, señor porque yo también soy ateo y quiero ser su discipulo. - repondió el joven.
- ¿Has leído la Biblia? - preguntó nuevamente el sabio.
- No, señor, jamás leería algo así.
- Y el Corán, ¿has leído el Corán?
- Tampoco, señor, y jamás lo haría.
- ¿Y el Torá?
- Mucho menos, ni siquiera sabía que existiera.
- ¿Y el Talmud?
- No, señor, esas son lecturas que jamás haría.
- Entonces, hijo mío, tú no eres ateo, eres un ignorante.
El anciano sabio dio media vuelta y se marchó.
Cuantan que un joven, que se consideraba a sí mismo ateo, al enterarse de la noticia de la presencia del gran sabio, corrio a la posada para presentarse ante tan venerable señor. Al llegar al lugar preguntó por el sabio y éste salió a recibirlo.
- Hola, muchacho, ¿en qué puedo serte útil? - preguntó el anciano.

- He venido a verlo, señor porque yo también soy ateo y quiero ser su discipulo. - repondió el joven.
- ¿Has leído la Biblia? - preguntó nuevamente el sabio.
- No, señor, jamás leería algo así.
- Y el Corán, ¿has leído el Corán?
- Tampoco, señor, y jamás lo haría.
- ¿Y el Torá?
- Mucho menos, ni siquiera sabía que existiera.
- ¿Y el Talmud?
- No, señor, esas son lecturas que jamás haría.
- Entonces, hijo mío, tú no eres ateo, eres un ignorante.
El anciano sabio dio media vuelta y se marchó.
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