CUBA QUERIDA.

Publicado en por KUBAN

Recuerdo cuando en el año 1993 llegué de Cuba a este país (México) con la esperanza de una vida mejor y puedo revivir el momento de mi llegada a esta tierra, entonces extraña, y la forma tan abrupta en que perdí, cuando menos en apariencia, mucho de lo que yo había sido hasta que el avión despegó de La Habana aquel 14 de febrero.

Recuerdo que, en los primeros tiempos, tenía en las noches de la calurosa Mérida sueños más nítidos que la propia realidad. Soñaba que estaba en Cuba, junto a los míos, junto a esos que abandoné de la noche a la mañana como si nunca hubieran significado nada para mí. Lo doloroso era despertar y descubrir, al abrir los ojos, que estaba tan lejos de la realidad como del propio sueño.

Yo nací en la Ciudad de México en 1964, hijo de padres cubanos que en aquel tiempo estaban trabajando en esta ciudad. Consevé toda la vida una amarillenta acta de nacimiento que me aseguraba mi condición de mexicano. Como es de imaginar, una vez que puse los pies en esta tierra, todos los trámites migratorios se terminaron para mí gracias a ese documento.

A los dos meses de haber salido de Cuba, decidí regresar de visita pero con pasaporte mexicano, todo bajo la ley y al llegar al aeropuerto José Martí me detuvieron los militares de migración de La Habana y me sometieron a miles de interrogatorios disparatados y agobiantes. Querían saber quién me ayudaba desde Miami, me acusaron de haber falsificado mis documentos, incluyendo el pasaporte de nacionalidad mexicana que llevaba, me amenazaron con encarcelarme si no "cooperaba". Me permitieron ver a mi esposa y a mi hija, que entonces tenía cuatro años, cinco minutos con la condición de que no hubiera lágrimas. Los tres tuvimos que controlar el impulso del llanto y aquel saludo fue en realidad una despedida. 

El suplicio duró toda la madrugada y, afortunadamente, las autoridades "revolucionarias" me pusieron de patitas en el primer avión que salió para México que, afortunadamente, tenía como destino Cancún que está muy cerca de Mérida.

Durante todo el vuelo de regreso a "casa" tuve un nudo en la garganta, nudo que desapareció como a los tres días. Mis nítidos sueños con Cuba se hicieron cada vez más recurrentes hasta volverse insoportables. Un buen día desconecté a Cuba de mi vida como quien apaga un interruptor dejando una habitación oscura para siempre.

Y se quedó a oscuras, aún sigue a oscuras, pero sigue ahí y a veces, sólo a veces, vuelvo a encender la luz y contemplo aquello que perdí, pero mi nostalgia ahora es menos agresiva, más compasiva y me permite recordar incluso con una sonrisa en los labios.

Cuando uno emigra se va perdiendo a sí mismo poco a poco, lo bueno es que esto ocurre con el concentimiento propio, pero dejas de pensar como pensabas acerca de muchas cosas, dejas de comer lo que comías, dejas de ir a donde ibas, sustituyes las palabras que usabas por otras, cambias los amigos que tenías por otros nuevos y cargas con una sensación de no pertenencia que, a pesar de los años, no te permite dejar de ser extranjero y estos sentimientos te los callas, te acostumbras a ellos hasta que forman parte de ti y no se lo dices a nadie, la gente cree que eres normal, pero no, eres un extraño disfrazado de paisano y así será siempre y lo sé.

De cualquier forma conservo esa habitación apagada, pero la conservo. Es posible que algún día pueda encender la luz, entrar en ella y volver a salir cuantas veces quiera, es posible. Mientras tanto permanecerá a oscuras la mayor parte del tiempo y eso lo hago por mí, no por otra cosa.

Silvio Rodríguez tiene la virtud de expresar con palabras lo que pienso y no sé cómo decirlo. Hay una canción de él que se llama "Casiopea" que dice justamente lo que yo, resignado, siento:

CASIOPEA

 Como una gota fui de la marea.
La playa me hizo grano de la arena.
Fui punto en multutud por donde fui.
Nadie me detectó y así aprendí.
Cuando creí colmada la tarea
volví mi corazón a Casiopea
Cumplí celosamente nuestro plan
por un millón de años esperar
Hoy llevo el doble dando coordenadas,
pero nadie contesta mi llamada.
¿Qué puede haber pasado a mi señal?
¿Será que me he quedado sin hogar?
Hoy sobrevivo apenas a mi suerte
lejano de mi estrella de mi gente.
El trance me ha mostrado otra lección:
el mundo propio siempre es el mejor.
Me voy debilitando lentamente
quizás ya no sea yo cuando me encuentren.




Me voy debilitando lentamente
Quizás ya no sea yo cuando me encuentren

 

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